Fernando Núñez Noda: Sincronicidad

Fernando Núñez Noda: Sincronicidad

sincronicidad

Casualidad o causalidad en el corazón de las coincidencias…

Un principio conector
Ligado a lo invisible
Casi imperceptible
Algo inexpresable
La ciencia insusceptible
La lógica inflexible
Casualmente conectable

“Sincronicidad”
The Police

Se cuenta que hacia mediados del siglo XVIII nació en España un niño a quien llamaron “Siete Setiembre” porque fue dado a luz el 7 de septiembre de 1749. Pero además, murió el 7 de septiembre de 1801. Su hijo nació y murió un 7 de septiembre e igualmente su nieto. Como éste se han relatado muchos casos de insólitas coincidencias. Pero ¿lo son? es decir; ¿simples casualidades o hechos de alguna forma relacionados de antemano?

Esta discusión es ancestral, como lo son sus respuestas y su falta de conclusión.

Edgar Allan Poe, metafóricamente atribuyó estos hechos insólitos a un “Ángel de lo Estrambótico”, ello es, a un “genio que presidía los extraños contratiempos que continuamente asombran a los escépticos…”

Hablando de Poe, hay un caso sorprendente plenamente documentado. El escritor publicó en 1838 La narración de Arthur Gordon Pym. Allí cuenta -entre muchos episodios- como cuatro sobrevivientes de un naufragio flotan en un bote a mar abierto, durante muchos días hasta que decidieran matar y comerse al grumete, de nombre Richard Parker. Una generación más tarde, en 1884, un barco de nombre Mignonette se fue a pique, con sólo cuatro sobrevivientes, que quedan a mar abierto en un bote durante muchos días. Al final ¿adivinan? tres miembros de la tripulación descienden al canibalismo con un grumete llamado… ¡Richard Parker!

Otro hecho histórico muy ilustrativo es el de Hernán Cortés y su conquista del imperio azteca. Se dice que su llegada al México actual coincidió con la fecha en que el calendario nativo prevía el retorno del dios Quetzalcoatl, la serpiente emplumada. Esta visita divina ocurría cada cientos de miles de años y el español llegó durante o muy cerca del esperado aniversario, por lo cual los aztecas lo creyeron emisario divino o el dios mismo. Lo anterior, de acuerdo principalmente con las cartas enviadas por el propio Cortés y las crónicas de Bernal Díaz.

Sea cierto que llegó con tal exactitud o no, hay evidencia de que los aztecas de Monctezuma quedaron desconcertados ante este hecho, fuera en esos mismos días o cercanos. El asunto constituía una “coincidencia” extraordinaria.

Al siquiátra suizo Carl Gustav Jung (1875–1961) también le intrigaron las equivalencias entre estados síquicos o físicos sin aparente relación causal.

Dice el maestro que lejos de una abstracción, ciertas coincidencias son estados “concretos, que contienen cualidades o condiciones simultáneas a través de un paralelismo que no puede explicarse por relación causa-efecto”.

Afiche de Dispair.com

Lo llamó: “sincronicidad”, es decir, dos o más objetos mentales simultáneos que tienen significados complementarios o iguales, a diferencia de “sincronismo”, que implica la mera simultaneidad de dos eventos.

Para Jung la sincronicidad tiene una fuente en el oscuro inconsciente y obedece a procesos arquetípicos que la mente colectiva ha fabricado durante decenas de miles de generaciones.

En su libro De la estructura y dinámica de la psique Jung narra lo siguiente:

“Una mujer joven que estaba yo tratando tuvo, en un momento crítico, un sueño en el que le daban un escarabajo dorado. Mientras que ella me contaba este sueño me senté de espaldas a la ventana cerrada. De repente oí un ruido detrás de mí, como un suave golpeteo. Me di la vuelta y vi a un insecto volador golpeando contra el cristal de la ventana desde el exterior. Abrí la ventana y logré capturar al insecto con mi mano. Era la analogía más cercana a la del escarabajo dorado que se encuentra en nuestras latitudes (unscarabaeid) respecto al dorado (Cetonia aurata). Éste, contrariamente a sus hábitos, había sentido el impulso de entrar en un cuarto oscuro en este momento en particular. Debo admitir que no hay nada como eso que me haya pasado antes o después, y que el sueño de la paciente ha permanecido como algo único en mi experiencia “.

Un aspecto inquietante de la sincronicidad es lo que mi maestro y amigo Daniel Medvedov llama “mutua resonancia”. Podría definirse como el desarrollo simultáneo o independiente de ideas complejas.

Ejemplos clásicos: Newton y Leibtniz desarrollaron, paralelamente, el cálculo infinitesimal. Hubo algunas disputas, pero luego se estableció que ninguno supo del trabajo del otro. La teoría de la evolución se le atribuye a Charles Darwin, cuando hubo otro investigador, llamado Alfred Walace Russell, quien la formuló paralelamente (sin saber del otro). A pesar de producir un ensayo en conjunto, fue Darwin quien primero publicó su “Origen de las especies” y lograr reconocimiento mundial.

Al leer lo anterior, Magdalena Boersner añadió:

Lo anterior no le quita ni una pincelada de mérito a Picasso, pero habla mucho de quién se “posiciona” en la mente social e, incluso, en lo que Jung llama “inconsciente colectivo”.

Muchos científicos afirman que las permutaciones básicas de la vida llegaron a ocurrir gracias a una extraordinaria casualidad. Y eso es solo parte.

La Tierra está a la distancia precisa para que la rotación y traslación mantengan el planeta en un rango de temperatura que permite la vida tal cual la conocemos. Los rayos solares siguen siendo letales a esa distancia, pero la atmósfera provee el escudo perfecto para aprovechar lo necesario. A veces más, a veces menos, pero en una franja que ha visto florecer la vida en mil formas en este esferoide achatado en los polos.

El tamaño y el peso de la Tierra generan la gravedad exacta para todo el escenario físico del mundo: la atmósfera misma, las montañas, océanos, seres vivos… Los elementos que componen la realidad física se combinan de forma que producen los ecosistemas que sustentan la evolución de las especies. Como hay tanta energía en el universo conocido (no se sabe cuánta pero al menos se calculan unos 10 a la 80 partículas) y se mueven en cúmulos y velocidades tan diversas que tarde o temprano habrá un planeta con todas las condiciones para la vida, para un tipo de vida al menos.

Luego, que ocurra implica una cantidad tan grande de coincidencias, es decir, una agregación y especialización para llevarlo hasta el ADN y sus macromoléculas hermanas. La posibilidad de ir “aprendiendo” y cambiando sobre la marcha hasta adaptarse al entorno, es decir, a hacerse propicio para el entorno o hacer el entorno propicio a sí mismo. Si hubo un Big Bang, el impulso hacia la vida puede explicarse pero no porqué todas esas piezas cuadraron para proporcionar lo que somos. ¿Simple coincidencia, una direccionalidad física, el universo como organismo-máquina?

Otros lo atribuyen a un Dios, una inteligencia entre bambalinas que ha librado la titánica batalla del cosmos contra el caos. No lo sabemos aún, pero si la vida es casualidad, es sin duda una casualidad increíblemente afortunada.

Bandaki

Tengo un cuento titulado Bandaki: como bandada de pericos, cuya mismísima esencia es una sincronicidad que desafía toda consistencia de la palabra misma. No obstante ocurrió (en el cuento).

¿El retraso de Dios es perfecto?

Todos los quince miembros del coro de una iglesia en Beatrice, Nebraska, tenían sesión de práctica a las 7:20pm, llegaron tarde esa noche del 1 de marzo de 1950. El ministro, su esposa y su hija tenían una razón (su esposa se retrasó para planchar el vestido de la hija); una chica esperó a terminar un problema de geometría; otro no lograba arrancar su carro; dos no podían dejar de escuchar el final de un programa de radio especialmente emocionante; dos llegaron tarde porque la madre tuvo que llamar a la hija dos veces para despertarla de la siesta, y así sucesivamente. Las razones parecen bastante ordinarias. Pero había diez razones distintas y sin ninguna relación para la tardanza de las quince personas. Y fue más bien afortunado que ninguno llegara a tiempo a las 7:20, porque a las 7:25 la iglesia fue destruida por una explosión. Los miembros del coro, reportó la revistaLife, se preguntaron si la demora fue “un acto de Dios.”

Warren Weaver, Lady Luck: The Theory of Probability

¿Sincronicidad fuera de sincro?

En principio, hay sucesos que parecen confirmar la sincronicidad. Varios péndulos puestos a oscilar, más temprano que tarde coincidirán en sus ritmos, aunque difieran en tamaños y radios. Los aplausos en una sala, con el suficiente tiempo, son un simultáneo chocar de palmas; las aves parecieran coordinar el batir de sus alas; las luciérnagas sincronizan, acaso sin saberlo, sus encendidas, como un aviso de neón silvestre.

Hay en las series y arreglos sociales determinismos que pueden describirse o preverse, pero carentes de causas precisas. Carl Jung se refería a la sincronicidad como “un principio de conexión no-causal”.

En ámbito estrictamente humano, algunos fenómenos de sincronía inexplicable se pretenden descifrar con teorías del caos o de redes, que muestran las características y consecuencias de la conexión, interacción y comunicación entre nodos de información, sean personas, organizaciones, programas o dispositivos.

Tomemos los fractales, por ejemplo. Los mencionamos en un artículo pasado: “La naturaleza hace crecer una hoja o moldear la costa de una playa de acuerdo con patrones sistematizables en general, pero impredecibles en detalle. Y así son los fractales: patrones repetitivos únicos, posibles de anticipar pero siempre con un margen de error. El desarrollo de tejidos, la dispersión de una gota de tinta en aceite, la descomposición de una fruta y otras construcciones (y de-construcciones) de la naturaleza, tejen sus marañas centrífugas, si las vemos en detalle.

La medicina moderna, aunque lejos todavía, he llegado a ver la enfermedad y la muerte como cierta imposibilidad progresiva de mantener el orden celular, la ínfima mecánica que guía nuestros átomos y otras partículas. Como especie hemos tratado de demorar y hasta derrotar la entropía pero nuestros resultados han sido hasta ahora ¿cómo decirlo? “fractálicos”…”

Será interesante examinar cómo los eventos, incluso los que creemos muy apartados o desconectados, pertenecen a un mismo continium. Según la especie, todos los elementos están conectado, sólo que en proporciones diversas y a veces por causalidades que ignoramos. Quizá esa totalidad (aunque ilusoria) se da por cierta a nivel inconsciente, de modo que favorezcamos lo que está conectado versus lo que no.

Examinemos un caso interesante. Las vidas y muertes de Abraham Lincoln y de John F, Kennedy guardan sorprendentes coincidencias o sincronicidades. En un escrito que circula desde 1963, y que se ha enriquecido con el tiempo, se cuenta que:

Los nombres de Lincoln y de Kennedy tienen siete letras. Fueron electos al Congreso en 1846 y 1946 respectivamente. Fueron electos también a un siglo de distancia (1860-1960). Apenas se inauguraron les sobrevino la guerra. Ambos murieron al lado de sus esposas, sobre su regazo, un mismo día viernes. Luego de morir, a ambos les sucedió un viepresidente de apellido Johnson, cuyas fechas de nacimiento estaban separadas por un siglo (1808-1908).

¿Quiere más? Lincoln fue asesinado en un teatro llamado Ford, Kennedy en un carro hecho por la Ford pero llamado Lincoln. El asesino de Lincoln disparó en un teatro y escapó hacia un almacén. El de Kennedy disparó desde un almacén y se escondió en un teatro.

Los asesinos de ambos usaban tres nombres (John Wilkes Booth y Lee Harvey Oswald), lo cual no es práctica común en EEUU y sus nombres suman, cada uno, 15 letras. Ambos nacieron a un siglo de distancia (1839-1938) y fueron asesinados bajo custodia policial, antes de acudir a juicio.

Hay, literalmente, decenas de datos que se suman a esto. Son sorprendentes coincidencias, a primera vista. Pero un análisis más detallado, como el que hace Snopes.com, un sitio dedicado a verificar leyendas urbanas, desmonta muchas de estas conexiones increíbles.

Hay datos inciertos, en principio, como el que afirma que Lincoln tuvo una secretaria de apellido Kennedy y que John F. tuvo una de apellido Lincoln. Aunque lo segundo fue cierto, lo primero no. Tampoco hubo 100 años entre el nacimiento de cada asesino.

Infografía de las inconsistencias del caso.

Datos correctos también conducen a conclusiones equívocas. Por ejemplo, que ambos usaban sus tres primeros nombres. Se dieron a conocer como tal por la prensa, luego de sus respectivos magnicidios, pero antes de tales eventos el de Lincoln era llamado por la inicial de su primer nombre y los dos nombres siguientes, mientras que el de Kennedy solo como “Lee” u otras variaciones con menos de tres nombres.

Cada caso tiene explicaciones o desmontajes. Con la debida documentación y paciencia, es posible que consigamos muchas coincidencias de simetría y numerología entre dos eventos distantes en el espacio y el tiempo. Lo importante es recordar cuantos miles e incluso millones de aspectos fueron diferentes. La vida de ambos no pudo ser más disímil.

 

Si juntamos datos dudosos o forzados y los aislamos y escondemos de las diferencias, podemos construir expedientes sobre coincidencias que no son tales o no lo son tanto.

Cuando nuestra mente percibe una “sincronicidad”, coincidencia, casualidad, como lo llamemos, hay una resonancia, algo se ilumina, hay un chispazo de asombro. Si vamos en nuestro carro tarareando una canción, encendemos el radio y la están tocando ¡eso detona en las neuronas! Es demasiado relevante para ignorarlo y no darle un significado especial. ¿Magia, un mensaje secreto, una premonición?

No obtante, el cerebro no registra los casos (miles de veces más comunes) de cuando tarareamos la canción, encendemos la radio ¡y están tocando otra! Es un evento intrascendente, de modo que ni siquiera deja una marca en la psique (por lo menos no una respecto a la conexión de los dos eventos). Sólo cuando ocurre una sincronicidad nuestro pensamiento lo destaca. Por ejemplo:

Con Chuck Norris no hay coincidencias :-)

Sincronicidad y física cuántica

Al formular su principio de sincronicidad, Jung fue influido en un grado profundo por la “nueva” física del siglo XX, que habían empezado a explorar el posible papel de la conciencia en el mundo físico. “La física”, escribió Jung en 1946, “se ha demostrado … que en el ámbito de las magnitudes atómicas la realidad objetiva presupone un observador, y que sólo en esta condición es un sistema satisfactorio de explicación posible”. “Esto significa”, añadió, “que un elemento subjetivo se une a una imagen del mundo del físico, y en segundo lugar que existe una conexión entre la psique a ser explicada y el continuo espacio-tiempo objetivo.” Estos descubrimientos no sólo ayudaron a aflojar la física de la mano de hierro de su visión del mundo materialista, sino que confirmaron lo que Jung reconoció intuitivamente: que la materia y la conciencia -lejos de funcionar de forma independiente unos de otros- están, de hecho, interconectados de manera esencial, que funcionan como aspectos complementarios de una realidad unificada.

La creencia – sugerida por la teoría cuántica y por los informes de eventos sincrónicos – que la materia y la conciencia se interpenetran no es, por supuesto, nada nuevo. Lo que el historiador Arthur Koestler se refiere como la capacidad de la mente humana a “actuar como un resonador cósmico” se hace eco fielmente el pensamiento de Kepler y Pico. La “mónada” de Leibnitz, un microcosmos espiritual que según él refleja los patrones del universo, se basa en la premisa de que el individuo y el universo se “impresionan” entre sí, actuando en virtud de una “armonía preestablecida”. Y para Schopenhauer que, como Jung, puso en duda la condición de exclusividad de la causalidad, todo estaba “interrelacionado y mutuamente en sintonía”.

Peter A. Jordan, The Mystery of Chance

 

¿Cómo suena?

Hay un tipo muy particular de células, las llamadas “neuronas-espejo”,

cuya función es desencadenar acciones corporales (una especie de memoria “caché” cerebral) siempre que se produzcan los estímulos adecuados. Pero la naturaleza nos juega un truco: las neuronas pueden activarse cuando vemos a otras personas realizar tales acciones.

El bostezo es un clásico. Hay decenas de experimentos en los que se reta al participante a aguantar las ganas de imitar al otro bostezante, sin éxito. Es una reacción tan primitiva, tan elemental, que la repetimos sin darnos cuenta. Allí parecen estar las neuronas-espejos desatando acciones por reflejo, como una programación que puede engañarse.

Hace unos meses desencadené un experimento sin saberlo. Pregunté en Twitter cuál era la onomatopeya del bostezo. La gente rápidamente ensayó:

– Aaaaaaaaaaa.
– Ahummm.
– Yawuuuuuonnnn.

Publiqué todas las respuestas que me dieron y, muy lejos de lo que había previsto, se armó una activa conversación. Lo interesante es que, al rato, varias personas manifestaron que no podían evitar bostezar, incluso sin sentir propiamente sueño. ¿Sugestión, activación de una programación? Después, un adelanto de sueño le ocurrió a algunos. Expresaban su incredulidad de que, no el acto de ver el bostezo, sino sólo imaginarlo activaba un mecanismo indetenible.

Otro rasgo importante es que las neuronas espejo reaccionan también a sonidos. Si tenemos terror a los perros y alguien, a nuestras espaldas, enciende la grabación de un ladrido… bueno, saltamos igual porque la respuesta inmediata resulta más importante que su pertinencia. Si escuchamos un bostezo, sin verlo, es posible que se active la reacción. Ustedes saben, resabios de épocas evolutivamente recientes aunque históricamente lejanas, en las que corríamos para no amanecer en el estómago de algún tigre diente de sable.

El rol que estas células tienen en la educación es inconmensurable. No en balde nos abrimos paso los primeros años y muchos después a fuerza de imitar, de observar y repetir, tutoreados o no, hasta dominar alguna habilidad y fijar un conocimiento.

Caliente, caliente

Esa memoria caché cerebral almacena instrucciones básicas, que no valida más de lo necesario o, digamos, no valida. De allí se derivan muchas automatizaciones hechas en el cuerpo mismo: tener sexo. Ver el acto puede tener el mismo efecto excitante. Y escucharlo sin imagen. Menos, pero también. Si su pareja tenía un determinado perfume, quizá percibirlo por sí solo desate la cadena del calor sexual y así llegamos hasta la sazón convertida en estimulante erótico, ilustrada en la novela Como agua para chocolate.

Al final, la mente sola puede recrear el KamaSutra.

El escáner del cerebro muestra a las neuronas-espejo “encendidas” durante un proceso físico y, de nuevo, cuando el individuo observa a otros hacer lo mismo. El voyerismo y la evocación son, quizá, grandes simplificaciones por las cuales sustituimos realidades masivas por signos casi ingrávidos (letras, imágenes, canciones).

¡Uggggggg!

Otra novedad es que responden al lenguaje escrito, de modo que salivaremos al ver a alguien morder un limón tanto como al leerlo. Sí: “¡Moder un limón muy ácido!”

Pero, ojo, reaccionamos a los estímulos de formas distintas. La personalidad y el entorno parecen jugar un papel respecto a cuáles señales nos activan y cuándo. Hay gente inmune a las uñas deslizándose sobre una pared de cal, otras no. Estos o aquellos, son grupos que generan una respuesta repetitiva ante estímulos comunes.

Incluso tenemos nuestra biblioteca particular de respuestas. A un conjunto de sucesos y emociones le asociamos una canción, por ejemplo, una que escuchamos en la adolescencia. Esa melancolía también la sentirá otro contemporáneo, aunque sus vivencia sean diferentes. Como ha descubierto la industria de la nostalgia, el estímulo termina unificando las respuestas de personas distintas ante la melodía.

De alguna manera esta relación entre el estímulo y la respuesta se archiva y se cosecha en el mundo psíquico, se deforma, se adscribe a la sociedad. Algunos dirán que el concepto es muy antiguo: el “reflejo condicionado”, decimonónico, pero he aquí que se ha logrado detectar y colorear la actividad cerebral asociada (o parte de ésta) y algunas de sus consecuencias grupales.

Porque la mente engaña. Ilumina, da sentido, pero también construye ilusiones y espejismos. Con o sin intención, el autoengaño parece ser un prerrequisito para que el mundo tenga un mínimo de coherencia.

Por eso ¿a cuántas tretas del cerebro no llamamos “sincronicidades”? Y en el lado opuesto: ¿cuántos eventos que consideramos triviales no encierran coincidencias fascinantes? ¿No es la creación de causalidades una especie de mecanismo de defensa?

En fin, no sigo especulando, hay un insecto golpeando mi ventana y voy a ver si es dorado…


The Police:”Synchronicity”, en vivo.

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