Carlos Raúl Hernández: Pobre hombre nuevo

Carlos Raúl Hernández: Pobre hombre nuevo

Los totalitarismos envilecen, mucho más que las dictaduras tradicionales. El “hombre nuevo” de Hitler, Mao, Guevara y Castro, es una criatura moralmente derruida, inerme en manos del más insignificante burócrata. En Cuba existe un pavoroso aparato de espionaje civil denominado Comités de Defensa de la Revolución, CDR, una de las creaciones más espantosas del hombre en su historia de causar dolor a los semejantes. En cada edificio, manzana, urbanización existen estos grupos dedicados a vigilar al dedillo la vida privada de cada vecino. Con todos esos secretos en la mano, además del poder sobre la tarjeta de racionamiento, el chantaje es la norma.

Si es el designio del espía las mujeres están obligadas a depravarse para recibir sus miserables raciones, y los hombres a humillarse, soportar callados asedios sobre sus esposas e hijas. Al que se revele, lo acusarán de “actividades contrarrevolucionarias”. Por eso la prostitución, la sumisión, el oportunismo, la autodegradación para sobrevivir. Una existencia reptante la del “hombre nuevo”, sin capacidad crítica ni conocimiento del mundo, fanatizado por una seudo educación corruptora, y con desdén por los verdaderos sentimientos, los que llevan a actuar con desinterés, por afecto a los demás o a los ideales.

 





Antes que anochezca, la novela de Reinaldo Arenas, llevada al cine por el director Julián Schnabel (2001) y protagonizada por Bardem, cuenta la vida del hombre nuevo. Arenas relata que escribía como fiera acorralada, de noche, para que no descubrieran sus páginas de dolor y rabia al horror circundante. Para burlar al CDR, ocultaba sus ojerosas cuartillas en un cuadro del cielo raso. Los esbirros entraban todos los días infructuosamente a su apartamento cuando él salía a trabajar, desesperados porque no descubrían la razón de su tecleo hasta la madrugada.

Detenido por no enseñar sus papeles sospechosos, sufrió todo tipo de humillaciones. Por homosexual conoció los rincones de todos los sufrimientos, escarnios inimaginables. Hambre, violaciones en los calabozos, palizas de los policías, después que lo obligaban a practicarles felaciones colectivas. Quienes lo violaban no se consideraban a sí mismos homosexuales, sino muy machos, “bugarrones” en su impúdica jerga.

El periodista polaco Kewis Karol describe en China: el otro comunismo, grados de enajenación y sumisión difíciles de entender para sociedades civilizadas, durante la pesadilla del maoísmo. Cuenta que el guía asignado a un grupo de periodistas de izquierda que visitaban “la revolución”, de improviso arranca a llorar en una reunión de célula. Entrecortado confiesa que su trabajo “no lo hacía por amor a Mao”, sino “por disfrutar de comodidades pequeñoburguesas” que se le permitían al andar con los extranjeros. Lo obligaron a autocriticarse en múltiples instancias del partido y lo condenaron a 8 años de trabajos en el campo, para “proletarizar su mente”.

El “hombre nuevo” aprende a recibir limosnas del gobierno, y que el espíritu de superación, estudiar, trabajar, destacarse, comprar un apartamento, querer una mejor vida, es una “traición” contra los demás. El principio de la revolución es que todo lo bueno que alguien construye con su trabajo es “plusvalía”, un robo a los demás. En China todos tenían que vestirse igual e incluso se prohibieron, durante la Revolución Cultural, las notas a los estudiantes, pues todos debían recibir “por igual”.

El principio de la igualación colectivista para crear el “hombre nuevo”, castra la sociedad y la condena a la miseria. Si el esfuerzo creador es vergonzoso, “pequeño burgués”, “egoísta”, en síntesis y el Estado se dedica a aplastar a los individuos, no habrá producción de riqueza ni de conocimiento, y la sociedad languidecerá. El desarrollo de la ciencia y el arte requieren que todas las ideas sean legítimas, porque las que transforman la Humanidad, casi sin excepción, se han considerado al principio disparates.

Los líderes totalitarios son inescrupulosos por esencia, porque consideran que los principios morales y jurídicos, que apartan la conducta del mal y la dirigen al bien, son burgueses y despreciables. “Con la revolución todo, sin la revolución nada” es la doctrina de la amoralidad, puesto que la revolución es el gobierno. Es igual que decir “con el gobierno todo, sin el gobierno nada”. Por eso el signo del revolucionario verdadero es la mentira, el impudor, la canallada. Desde Lenin son hampones en el poder que trasmiten su malhadado ejemplo a las nuevas generaciones. 

@carlosraulher